Más allá de hablar de democracia y de los límites de esta, de Constituciones, de soberanía, de Corona, de respeto o incluso de lealtad y unidad, valores que salen cuando conviene y se olvidan cuando no benefician al discurso de cada cual, yo quiero resaltar una sola palabra: libertad. La libertad es la que dicta que un pueblo pueda decidir si quiere ser español o catalán, si quiere hablar castellano o su propia lengua, si quiere tener de jefe de Estado a un rey dinástico o a un presidente electo, es la única y máxima garantía de que todo puede funcionar. Si se olvida que todas las personas en este mundo, dentro de un país sano moralmente, deben tener no solo el derecho, sino la obligación, de desear profundamente lo que tienen y si no luchar por cambiarlo, hemos perdido absolutamente el norte.
La lucha de Cataluña por la independencia no la dirige Artur Mas, ni Junqueras, ni nadie. Ellos solo son instrumentos del pueblo, y si estos los votan como canalizadores de su pensamiento, es que el deseo independentista está más anclado de lo que parece. Si no se les deja votar, se pierde el sentido de las autonomías, de reconocer que Valencia no es Madrid. Esto no es la Edad Media, ya no hay Reinos de Castilla y Aragón, no hay orgullos que mantener. Ahora debemos buscar una España formada por gente que desea ser española, y, para garantizarlo, es menester que voten, que se vote todo, que se cree, de una vez, un sistema consensuado, en el que esté quien desee estar. No se puede mantener un país moldeado desde la duda. Desde el momento en el que, para mantener unidos dos elementos, necesitas aplicar una fuerza, significa que nunca fueron creados para estarlo. Comprobemos si Cataluña es España, no es tan difícil.
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