En el momento en que uno oye este término tan común en nuestros tiempos: globalización se
le viene a la cabeza una gran empresa, como puede ser Coca Cola, Nestlé, Zara o BP; también
puede sugerirle la idea de una gran cumbre internacional con los mandamases del mundo globalizado. Más allá de estas dos típicas imágenes, a la hora de hablar de globalización nos hacemos la pregunta, más moral que económica o política: ¿es necesario todo esto, es bueno y beneficioso?
Responder a esta pregunta no es fácil; no podemos proporcionar respuestas absolutas o dogmáticas sí o no con toda la tranquilidad del mundo. Personalmente, me remitiré a una frase del filósofo Fernando Savater: Uno puede estar a favor de la globalización pero en contra de su rumbo actual, lo mismo que se puede estar a favor de la electricidad y en contra de la silla eléctrica. Este enunciado coincide con mi óptica personal acerca de este tema, que probablemente es la compartida por una gran parte de la opinión pública en el mundo. El proceso de globalización comporta unos beneficios potenciales elevados para la población, y eso es evidente; beneficios como el acceso a la educación y a la cultura, a los recursos económicos mundiales, a la posibilidad de conocer otros lugares del mundo, etc. Es aquí cuando choca nuestro ideal de sociedad globalizada con la realidad de nuestro tiempo: la globalización está generando beneficios, a costa de la pobreza de cientos (o miles) de millones de seres humanos, potenciales, que no reales, receptores de estos beneficios.
Como conclusión, brevemente puedo decir que la globalización es un proceso estrictamente necesario; tan estrictamente necesario como es cambiar su rumbo actual.
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